No sé quién ganará las elecciones el próximo domingo en el país vasco pero como no gane la vergüenza, la dignidad, el sentido común y la garantía de que todos los ciudadanos de bien estarán protegidos en sus derechos frente a los asesinos de ETA y sus cómplices habremos perdido todos.
No tienen esperanza de que esto ocurra ni siquiera los que desean el cambio porque gobernar en Euskadi exige mucho coraje ético y hasta ahora no se ha de mostrado que se sepa hacerlo.
En el país vasco tiene un plus de tranquilidad el que es nacionalista.
En el país vasco las víctimas tienen que pedir perdón y los asesinos están protegidos por los suyos, y a veces respetados por las instituciones.
Las víctimas en el país vasco tienen que irse y andar protegidos, mientras que los asesinos y sus secuaces campan por todas partes sintiéndose fuertes y dueños de la situación, amparados por las leyes y aprovechándose de ellas para cometer sus fechorías.
Emilio Gutiérrez un joven de Lazkao que la emprendió a mazazos contra una herrico taberna como expresión de rabia incontenida tras haber visto como una bomba de ETA le destrozaba su casa se ha convertido en el malo de esta historia.
El nombre de este joven, que es una víctima, aparece ya en la lista de los amenazados y, el propio Patxi López, candidato a Lendakari da por hecho que tendrá muy difícil volver a vivir en su municipio con tranquilidad, aceptando como algo normal que tenga que exiliarse para que no le maten, en vez de garantizarle su seguridad.
Los políticamente correctos han condenado al joven cabreado y le han aconsejado que la próxima vez cuente hasta cien, diga “¡ me cachis!” en vez de blasfemar y que confíe en las fuerzas del orden y en la justicia.
Los exquisitos de las buenas formas han vuelto a exigir a una víctima que se aguante en silencio, mientras que persisten en cogérsela con papel de fumar cuando hablan de los derechos de los abertzales.
No sé si es cierto que la sociedad vasca está enferma, pero si se produce un cambio en el gobierno, que ojalá sea así, la vara de medir la eficacia en su gestión dependerá mucho de cómo resuelvan la doble moral con la que se trata a los nacionalistas y a los que no lo son.