La cultura no es ni puede ser oficial, porque deja de ser cultura y se convierte en catecismo, adoctrinamiento, programa electoral o doctrina sectaria.
La cultura franquista exiliaba y anulaba cualquier creación que pecase de tibieza en el entusiasmo a favor del sistema. La cultura nazi ignoraba las debilidades de la raza convirtiendo a los arios en la única realidad posible, la cultura estalinista hacía de la fuerza del trabajo de los patriotas operarios el único bien socialmente aceptable, la cultura china o cubana sacralizan valores excluyentes.
No sé si Eduardo Bautista – que se llamaba Tedy cuando era un autor mediocre y un cantante vulgar – sería noticia en un mundo sin una SGAE intervencionista con el apoyo de los gobiernos, y tampoco sé qué sería de él profesionalmente sin la mamandurria de la organización que preside con más vocación de permanencia en el cargo que los nacionalistas en el Pais Vasco o Cándido Méndez en la UGT, pero que pida que si el público reclama una cultura gratis la pague el Estado es de aurora boreal.
La voracidad que representa y defiende el tal Bautista no tiene límites, y no cesa ni siquiera en un momento en el que la crisis golpea a todos los sectores. Es evidente que ser un parado en España significa estar jodido sin remedio, pero si vas de artista de la cultura oficial lo tienes resuelto.