En el ámbito internacional solo hay dos clases de interlocutores: los hijos de puta y nuestros hijos de puta, fuera de esa distinción no existe clasificación alguna que se sostenga con un mínimo de coherencia.
Finalizada la Segunda Guerra mundial se crearon diversos organismos internacionales en los que se pretendía residenciar el sentido común, los principios de convivencia, la defensa de los derechos humanos, el equilibrio de fuerzas y el control supremo de la legalidad internacional.
Desde el primer momento se establecieron ghettos elitistas, como el Consejo de Seguridad de la ONU, con derecho a veto según la conveniencia de alguno de sus miembros y se cedió asientos a países con regímenes dictatoriales.
Por esa razón la credibilidad y el respeto que se merecen esos organismos títeres de la voluntad de quienes más pueden hace mucho que hizo aguas.
Lo de Honduras, donde no gobiernan los militares, es una llamada de atención sobre la vocación golpista constitucional de los históricos caudillos de América latina.
¿Quién es más hijo de puta, José Manuel Celaya o quienes le sacaron en pijama y lo echaron fuera del país?
La respuesta no depende de lo que digan los Organismos internacionales o algunos de los gobiernos que ya se han manifestado. La respuesta está en describir y decidir quien de los dos es nuestro hijo de puta.