Un pueblo con mar

 

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Fue en un pueblo con mar pero aquella noche no había más concierto que el sonido de las olas.  Yo paseaba por la playa y me crucé con un perro sin dueño que agradeció que le hiciera caso y jugase durante con él corriendo de un lado a otro por la arena mojada donde quedaron mis huellas y las suyas.

Lo recuerdo como si fuera hoy porque hay  instantes que permanecen a través del tiempo  y regresan a la memoria cuando añoras las sensaciones que te produjeron, que unas veces eran simples y otras más complicadas, pero siempre enriquecedoras.

Por entonces yo era bastante aficionado  a meterme en líos porque un imán me atraía a conocer y reconocer cualquier situación que satisficiera mi inagotable curiosidad, pero la suerte siempre me acompañó y jamás tuve que lamentar haber estado en compañía de gente extraña porque el peligro no está en la diferencia sino en la estupidez de los hombres y mujeres que han hecho voto de obediencia debida.

Mis recuerdos de entonces tienen que ver con el riesgo y el placer, con el arrojo y la curiosidad, y sobre todo con la valentía de gente que no pedía permiso a nadie para ser feliz, aunque estuviese prohibido.

En cambio lo mejor de  estos tiempos es el aburrimiento   que producen los ministros con pantalón vaquero el primer día de trabajo, sus platós televisivos  con las mangas remangadas para aparentar que son los de antes, su cierre de filas y la obediencia debida que les obliga a tragarse las palabras que dijeron sobre Lola,  y la escenificación de  un ambiente de hermandad con exceso de sonrisas que no consiguen tapar el desprecio y la desconfianza que mutuamente se dispensan.

Me da la sensación de que esos actores de reparto  tienen como seguidores  una clá facilona que aplaude sus performances, y un  guión  que dejó de ser original hace  demasiado tiempo y se repite de forma cansina como una película de reestreno a la que regresan con devoción los pajilleros de la última fila.

Lo bueno de esta situación es que se han recuperado las tertulias literarias, científicas o  teológicas entre gente que habla  con criterio o escucha con atención lo que otros dicen, y vive Dios – nunca mejor dicho – que hasta los ateos recalcitrantes entran la trapo de un debate que en estos casos no tiene que ver con la religión pero si con la esencia del ser humano que duda.

Hace unos días uno de estos hombres sabios hizo un breve paréntesis en su disertación y dijo que la única forma de discutir sin que la mente se embote y se turbe la razón es hablar sobre asuntos que se han leído en los libros  pero  no en los periódicos,  porque los primeros son eternos y están escritos generalmente por gente reflexiva, mientras que lo que cuentan los diarios es material caduco y sus autores, salvo excepciones, son gente de menor cuantía intelectual, especialmente en estos tiempos en los que cualquiera se cree Ortega y Gasset… y además piensa que son dos personas.