Alimentando al monstruo

 

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No creo  que Mariano Rajoy pase a la historia por su arrojo, su capacidad para emprender grandes retos y mucho menos para afrontarlos cuando le llegan. Lo suyo es el menudeo, los asuntos de menor cuantía y  el trapicheo con los temas de estado. Su forma de gobernar en esos momentos no se asemeja ni siquiera  a un “do ut des” ,  sino más bien al “te doy ahora y, si puedes,  me lo devuelves… o no”.

Tal como funciona en los asuntos de gravedad yo no lo querría ni siquiera para presidente de mi comunidad de vecinos, aunque a veces da la sensación de haber presidido alguna, porque en España lo que tiene que funcionar mal funciona peor, y lo que debería transcurrir con una cierta normalidad a veces es así  porque la casualidad también existe.

Nunca he cuestionado que la prudencia sea una virtud, especialmente en política, y más aún en unos momentos en los que tenemos no pocos pirómanos sentados en las instituciones del Estado, pero esperar a que escampe no es una forma ni digna ni inteligente de gobernar un país en el que los delincuentes y sus cómplices enloquecidos, tienen acorralados a las personas decentes que se sienten desasistididas.

Precisamente esa gente, a la que no se la protege de los golpistas catalanes que les tratan como ciudadanos de segunda, ya estarían en la cárcel, o al menos sentada ante el juez y con medidas cautelares, si hubiesen agredido a una mujer, robado un banco o quemado un coche de policía.

La actitud de prudencia exasperante de Rajoy lleva implícito el mensaje a la ciudadanía de que los políticos pueden cometer cualquier delito, por grave que sea, que siempre tendrán la tolerancia de sus iguales.

Vale más un delincuente con acta de diputado o cargo público que un chorizo vestido de paisano,  y por esa razón  las cárceles están llenas de robagallinas, asaltadores de caminos, violadores, ladrones y otros tipos de delincuentes que el mayor error que cometieron en su vida fue no afiliarse a un partido político para así contar con la tolerancia de sus iguales.

Si el Presidente de gobierno de España dijera que actúa así porque quiere proteger el débil consenso que tiene con el Psoe , no merecería tampoco mi comprensión, porque su oficio consiste en tomar decisiones “solo o en compañía de otros”,  y con su apatía, sus plazos, sus advertencias de pellizco de monja y, en definitiva, su inacción está a punto  de ser él quien cometa un delito.

Gobernar acomplejado es un mal negocio para los gobernados y una gran oportunidad para los delincuentes secesionistas que a cada silencio del Presidente de Gobierno se crecen y le responden con una mayor dosis de una chulería intolerable.

La bestia – y los bestias –  del secesionismo siguen siendo alimentada desde un despacho  en el que su inquilino les escucha con prudencia, mientras que desoye los gritos de auxilio de los catalanes que están siendo sus víctimas.

Hasta ahora, el único cargo público  que ha actuado con la dignidad que requiere el momento que vivimos es el rey Felipe VI.  En su discurso fue muy claro al decir que “es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones, la vigencia del Estado de Derecho y el autogobierno de Cataluña, basado en la Constitución y en su Estatuto de Autonomía”.

Rajoy no puede ampararse exclusivamente en los jueces para internar resolver este pulso al estado de derecho. Es la hora de que ejerza como Presidente de gobierno y si eso le supone algún problema personal o político que asuma el riesgo y las consecuencias.

 

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