El tiempo pasado de la seducción

Hay días que echo la vista atrás y regresa a mi memoria un tiempo en el que los hijos de puta estaban perfectamente identificados.  Era fácil cruzarse con ellos por la calle, ver su foto en la sección de sucesos o en la de vida social de los periódicos de papel, que eran los únicos que existían en aquella España en blanco y negro, cuya población soñaba con desatrancar el camino hacia un tiempo en el que cupieran todos los colores.

Han pasado los años, se han ido unas cuantas generaciones y han venido otras a las que les ha pillado a traición un tiempo en el que no tienen enfrente a ningún monstruo contra el que luchar, porque ya no es una persona la que simboliza el poder, sino distintos jefes de chiringuitos que para sobrevivir necesitan a un enemigo al que mantener vivo para que no se les muera la coartada.

Hoy me ha dado por disparar al aire sin apuntar contra nadie porque los que conocimos el otro pasado del que estoy hablando, estábamos entrenados para bebernos hasta la última gota de las escasas oportunidades que salían a nuestro encuentro, y éramos fáciles de seducir y expertos en enamorar a quienes, sin declararse feministas, siempre tenían la última palabra.

En estos tiempos en cambio ha desaparecido hasta la excitante y arriesgada “cita a ciegas” que te podía conducir al cielo de las oportunidades infinitas,  reservadas a los valientes, o a la sima más profunda de la decepción, porque hoy hasta para ligar se necesita una foto, que no siempre es la más reciente, porque a algunos no les no basta la simpatía, el arrojo y la superación del reto que acompaña a la incertidumbre,  para atreverse a ver qué sucede.

Pero la seducción es un arte que no tiene solo que ver con las relaciones ocasionales o de más largo recorrido con otra persona, porque hoy la vida, los negocios y la política están ligadas indefectiblemente al arte de enamorar, que algunos han confundido con la maña de engañar.

Todos conocemos a personas que están inhabilitadas para provocar en nadie una sorpresa, porque están incapacitadas para emocionar. Carecen de la pasión que acompaña a la verdad y creen que con un breve entrenamiento sobre cómo venderle una burra vieja a un ingenuo consiguen su adhesión, pero en estos tiempos ya no seducen ni los mentirosos profesionales que se visten de héroes de cartón o de villanos de pacotilla, para pedir a los ciudadanos algo que les importan más que  el embrujo que provoca un roce de piel con piel.