¡Benditos tontos aquellos!

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“El tonto del pueblo”,  de Camilo José Cela es un breve y sustancioso cuento lleno de chanzas que alimentaban la razón de ser de Perejilondo  que cuando se hizo demasiado viejo le heredó  Blas Herrero Martínez, porque de toda la vida de Dios cada pueblo tenía a su tonto y no podía haber dos.

“Blas tenía la cabeza pequeñita y muy apepinada y era bisojo y algo dentón, calvoroto y pechihundido, babosillo, pecoso y patiseco. El hombre era un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; bien mirado, como había que mirarle, el Blas era un tonto en su papel, un tonto como Dios manda y no un tonto cualquiera de esos que hace falta un médico para saber que son tontos”.

Hoy se ha devaluado el concepto y se le llama tonto a cualquiera. Los de antes hacían de su aspecto profesión y sabían cómo sobrevivir desarrollando su papel, en cambio en estos tiempos de confusión, cualquier ejerce de sonso sin saberlo y además construye sentencias que nadie desdice no vaya a ser que se le acuse de machista, intolerante, y poco dado a la comprensión de las nuevas especies.

Esa figura del tonto del pueblo de antaño  hoy ha sido sustituida por el tonto contemporáneo  que por lo general es un personaje público que tiene a su disposición los medios de comunicación, y gracias a ese soporte se ha convertido en un necio con balcones a la calle.

Permítanme que les ofrezca dos ejemplos de última hora: una es la diputada de Ciudadanos que se hace llamar Melisa Rodríguez y que ha dicho que como ella es feminista cree en la igualdad de las personas reales: mujeres, hombres y seres. “Por ello en Ciudadanos presentamos el proyecto de ley para que los perros sean personas”.

Me ahorro la explicación sobre lo que siento yo por los perros, porque he elegido  para este articulo una foto con mi perra Vilma que nos dejó hace unos años y   la sigo echando de menos, pero una cosa es amar a los perros y otra muy distinta es decir que son  personas,  porque eso no se le ocurrió ni a Perejilondo ni tampoco a su sucesor en el cargo.

Los  otros personajes que entran en competición  por asomarse al balcón son una pareja de antinatalistas que están a favor de la desaparición de la especie humana y para conseguir ese objetivo, deciden no tener hijos y proponen que los demás sigan sus pasos.

No sé si alguien les ha explicado que  ese objetivo es inviable porque hay millones de personas  que no piensan como ellos, por mucho que diga lo contrario  el gurú al que siguen, un filósofo de Ciudad del Cabo, que tuvo la generosidad de perdonar a sus padres “por haberle dado la vida”.

¡Qué tiempos aquellos en que los tontos del pueblo al final eran unos listillos!

 

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