No es un país para cobardes

9CFB8171-9608-49E5-8F02-573BBD5186C9

 

España es como un callejón de una noche oscura en la que cualquier ruido nos sube el corazón a la boca  y  nos lleva a la desesperanza.

Es como un páramo de ilusiones frustradas, un timo del tocomocho, una procesión de cirios sin llamas, una tormenta de rayos y truenos, un circo donde crecen los enanos, un lodazal en el que chapotean los profetas, y una fiesta con reserva del derecho de admisión para los que nos prometen seguir engañándonos.

Es un país que tolera a sus sicarios, convive con sus ladrones y se agarra a la  esperanza desesperada de que lo salve el que maneje con más intensidad el dedo índice acusador o  tenga la voz más recia a la hora de gritar.

España es un mercadillo  de promesas a bajo precio, de ofensas para medrar, de púlpitos paganos, de dossieres prefabricados, de puñaladas traperas, de pactos contra natura y de cursillos de supervivencia.

No es un país para viejos, ni para jóvenes en paro, tampoco para poetas, estudiosos o aventureros, mujeres no asociadas o librepensadores. Aquí no tienen  futuro los que piensan por sí mismos, los que disienten de la doctrina partidista, los indisciplinados  y quienes blasfeman contra las injusticias.

En este país hemos derribado el mito de Caín porque al primer homicida conocido de la historia lo hemos convertido en un aficionado nada sutil. No necesitamos una quijada de burro para destrozar vidas, famas o haciendas. Nos basta con tener a nuestro servicio a sicarios mediáticos o a otros colaboradores necesarios y bien pagados ,para obtener nuestros fines.

Robar es un accidente, matar un mal menor, traicionar una costumbre, incumplir la ley un divertimento, y romper la convivencia una conducta amparada por el miedo, la cobardía o el desprestigio de quienes nos observan desde fuera, con desprecio.

Hoy en día hacer la revolución no tiene que ver con las armas de fuego sino con los libros, las conversaciones de un cierto nivel y  los debates, y así nos  va, porque las plazas en las que los farsantes dictan sus doctrinas están más llenas que esos otros foros.

Pero después de escribir estas líneas no tengo más remedio que creer en mí mismo y en la gente decente que conozco.  Solo he querido hacer estas reflexiones en un momento en el que  da la sensación de que nuestro país se cae a trozos mientras los que deberían defenderlo se entretienen en discutir quién de todos ellos es más sinvergüenza.

Hace tiempo que  huyo de dar consejos y pronunciar sermones. Prefiero jugar con las palabras, y dejar que ellas jueguen con los sentimientos. Trato de evitar convertirme en uno de los voceros del apocalipsis porque vivimos unos tiempos en los que la organización social más grande que existe en España es la de los quejosos sin fronteras y, aunque lo haya parecido ,yo no quiero ser un de ellos.

Anuncios