la ausencia de discurso

image Hablar es relativamente fácil, prometer es gratis y cumplir lo que se ha dicho es una añoranza frustrada de los ciudadanos que votaron a quienes hablaron y prometieron. Sin embargo a algunos nos consolaría que quienes nos engañan al menos hablasen bien y pronunciaran discursos para la historia.
La sensación de muchos hombres y mujeres que sólo han conocido los últimos años de nuestra democracia es que el nivel oratorio e incluso intelectual de muchos de nuestros representantes es manifiestamente mejorable, porque los discursos que escuchamos, independientemente de sus contenidos, son formalmente mediocres.
La palabra bien hablaba es un arte que ni practican ni conocen, ni respetan quienes deberían hacerlo por oficio, y el oficio de parlamentario es ése.
La historia parlamentaria de la democracia, no sólo en España sino en todos los países serios, tiene una tradición de grandes discursos en situaciones críticas, y en esos casos la palabra fue el instrumento indispensable para convencer a los ciudadanos de que lo que hacian los políticos del momento era lo que necesariamente había que hacer.
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, un rey tartamudo, Jorge VI, le explicó a los ingleses las razones por las que su país entraba en guerra contra la Alemania nazi y aquel fue un discurso para los anales de la historia. También fue tartamudo Demóstenes, el más famoso orador de la historia, y ese defecto no fue un inconveniente, porque para decir cosas ciertas que lleguen al corazón de quienes las escuchan y les convenzan, no es necesario ser un artista de la elocuencia.
Hoy vivimos también en unos momentos graves para España y no podemos escuchar un sólo discurso que no vaya más allá del reproche mútuo entre supuestos líderes, frases vacías de contenido y preñadas de demagogia y disculpas de mal pagador o de embaucador pillado en un renuncio. Echamos de menos esa puesta en escena en la que a la palabra bien dicha le acompañe el mensaje cierto que genere confianza en quién lo pronuncia y esperanza en el futuro.
Hoy algunos parlamentarios en vez de hablar se ponen camisetas alusivas a una reivindicación o sacan pancartas en sus escaños.
El otro día escuchė decir a Cayo Lara que lo importante no era hacer buenos discursos “porque habemos muchos que sabemos hacerlos”. Es cierto que la utilización incorrecta de las formas verbales no es un elemento a tener en cuenta a la hora de valorar a un parlamentario, pero la inconsciencia unida a la inconsistencia resulta demoledora, porque como decía Groucho Marx “Es mejor estar callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar las dudas”

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