dos hombres y un destino

imageDicen los expertos en el análisis de la mente humana que la tristeza de los perdedores es superior a la alegría de quienes les han vencido, porque la felicidad siempre es finita pero el desengaño a veces no tiene límites. Eso ocurre en todas las facetas de la vida y también en los eventos de masas en los que un equipo lucha por obtener un triunfo que va a dar satisfacción a todos sus seguidores.
Ayer ganó la liga el Atlético de Madrid y la perdió el Barcelona, y hoy Diego Pablo Simeone es un dios humilde al que algunos quieren subir a los altares y Gerardo Martino un ángel caído al que los suyos quieren condenar a los infiernos. Hoy, aunque lo parezca, no hablo de fútbol sino del comportamiento humano de algunas personas, a veces denostadas, que son capaces de ofrecer momentos de grandeza a los que no estamos muy acostumbrados últimamente si echamos un vistazo a quienes en el ámbito de la política o de la sociedad deberían comportarse como líderes y en cambio actúan como predelincuentes.
En este país llamado España no estamos sobrados de buenos ejemplos, porque escasean las personas ejemplares entre los que tienen una cierta notoriedad, por eso cuando alguien es acreedor de algún reconocimiento merece la pena subrayarlo, y yo quiero dedicarle unas líneas al Cholo Simeone y al Tata Martino, dos señores con mayúsculas que, uno en la victoria y otro en la derrota, han sabido dar un discurso de cómo se deben hacer las cosas cuando se gana o cuando se pierde. Los dos son argentinos y ambos entienden su profesión como un oficio sagrado en el que deben dirigir a unos hombres, que a veces tienen mejores pies que cabeza pero a los que deben inculcarles la idea del trabajo en equipo, del sacrificio y de la humildad en un mundo de egos incontrolados.
Simeone es un ejemplo por su liderazgo y Martino es otro ejemplo por su señorío a la hora de decir adiós. Se me están ocurriendo nombres de gente que jamás han convencido ni siquiera a los suyos y se creen que son los jefes del partido y de otros/as que no se van de sus cargos cuando fracasan porque no hay quien les eche ni con aceite hirviendo.

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