La constitución no es un juguete

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¿Para qué sirve una Constitución? Pues depende, porque la Constitución, que todos definen como la normal fundamental del Estado, por sí misma no garantiza ni derechos ni libertades, y si no que se lo pregunten a los chilenos con Pinochet, a los argentinos con Videla, a los cubanos con Fidel, a los rusos con Putin o a los guineanos con Obiang.
Las Constituciones en muchos países están hechas a la medida de sus dirigentes, y los que más obsesionados están en modificarlas con frecuencia tienen en sus cabeza un diseño ad hoc.
Por lo tanto, cuando la gente habla de cambiar la Constitución en España – una ley de leyes que durante estos treinta y seis años nos ha garantizado libertades, igualdad entre hombres y mujeres, protección de derechos fundamentales y garantía de alternancia en el poder – está pensando en adaptarla a las exigencias de unos nacionalismos insolidarios, en debilitar algunas instituciones y en abrir la puerta a una cierta inestabilidad política. Cuando se habla de romper con el espíritu de la transición que se caracterizó por el consenso y la unidad de los demócratas en lo fundamental o se dice que hay que dinamitar esa etapa y provocar la ruptura, se busca regresar a las dos Españas enfrentadas que a la muerte del dictador nuestros constituyentes consiguieron superar.
Las Constituciones pueden reformarse para acometer los cambios importantes que precisa un país pasados los años, pero dinamitarlas, como pretenden los de Podemos, no es la mejor solución para garantizar la convivencia. Tampoco es una buena solución la propuesta indefinida de federalismo del Partido Socialista, porque de esa eventual reforma solo conocemos su enunciado y para abordarla con rigor es necesario avanzar en esa propuesta con contenidos concretos que puedan ser discutidos, pero si lo que desean es diferenciarse del rival político que lo hagan con otros instrumentos y no con algo tan sustancial para la convivencia entre españoles.
Los países serios no hacen esas cosas y sus Constituciones no son el instrumento a manosear por quienes buscan ventaja partidaria o personal en su modificación.

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