luto en el savoy

Alvite

José Luis Alvite ha muerto el mismo día que Bolinaga,  y ya es una putada para un hombre como él que se hayan encontrado en el camino de vuelta hacia alguna parte, porque el de Mondragón secuestraba y mataba personas y el gallego santiagués  nos daba la vida a quienes le leíamos.

Cuando Alvite, a finales de noviembre del 2013 en carta a su amigo Carlos Herrera hizo pública la noticia de que padecía cáncer de colon y cáncer de pulmón, yo le dediqué un artículo que él personalmente me agradeció, y hoy en mi particular homenaje a este hombre de letras que supo contar lo que pasaba en el resto del mundo desde su asiento en el Savoy,   le imagino allí    (entre humo de cigarros , música de un piano y putas con una cierta tristeza intelectual, que son tres elementos mortíferos que al final te pueden provocar un cáncer , como así ha sido), despidiéndose de esas mujeres que permanentemente se  encaprichaban de él, porque no hay nada más seductor que la palabra, y ese elemento él lo dominaba como nadie.

Mientras vivió, lo que  esa jodida enfermedad no consiguió mermarle fue su riqueza inigualable en la expresión verbal, porque nadie como él supo jugar con el lenguaje de los golfos con alma.

Sus metáforas – esas pajas del intelecto-  nos arañaban el corazón y nos conducían a Casablanca a quienes tuvimos el privilegio de leerle y escucharle,  porque sus fuentes de inspiración eran los fracasados que solo viven cuando la luz del sol aun no ha salido y a pesar de ello se refugian bajo techado.

Hay gente que pasa por este mundo preocupada por coincidir  con lo que se supone que deben hacer las personas que jamás se saltan un semáforo en rojo. Esos que aspiran a ser ejemplares son tremendamente aburridos y  jamás tienen nada interesante que contarnos porque desconocen lo que es el sabor de un beso prohibido, el roce de unas piernas anónimas o la pastosa sensación con la que amanece la boca después de una noche pasada de güisquis.

En la vida hay ratones de bibliotecas , que copian los que otros escribieron, y  maestros como Alvite que aprenden lo que escriben después de muchas horas de escuchar lamentos, ilusiones frustradas y verdades como puños,  en ambientes en los que no dejarían entrar a quienes nunca tuvieron nicotina entre los dedos.

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