Un ser alucinante

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Oliver Sacks tiene 81 años, los ha vivido intensamente, ha triunfado en la vida, se ha hecho famoso con sus libros y las películas que han versionado sus historias literarias, y aunque su biografía le presenta como un neurólogo de singular prestigio, en el fondo es un escritor que ha entendido que como se va a morir no le queda tiempo para lo superfluo y va a seguir escribiendo.

Yo estoy persuadido que la literatura es la que salva a las personas – a quienes la escriben y a quienes la leen – porque ayuda a vivir más vidas de las que nos han sido dadas. Es cierto que hay autores malditos que acaban suicidándose y jamás llegan a conocer si sirvió de algo lo que dejaron escrito en sus libros, aunque sus lectores les habrían dado argumentos suficientes para morir en paz, y así es como va a acabar sus días Oliver Sacks, al que le han detectado un cáncer terminal y ha tenido el papo de escribir una carta de despedida, que estos días publica toda la prensa internacional, en la que dice que no siente indiferencia por nada aunque sí un cierto distanciamiento.

Entresaco de entre sus líneas un texto que es toda una filosofía vital para alguien que está pidiendo pista:

“Me encuentro – escribe – intensamente vivo y quiero y espero que el tiempo que me quede por vivir me permita profundizar mis amistades, despedirme de aquellos a los que quiero, escribir más, viajar si tengo la fuerza suficiente, alcanzar nuevos niveles de conocimiento y comprensión. Esto incluirá audacia, claridad y hablar con franqueza; trataré de ajustar mis cuentas con el mundo. Pero también tendré tiempo para divertirme e incluso para hacer alguna estupidez”.

Sinceramente creo que la vocación de todo ser humano es la de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, y aunque no tenga capacidad para hacer ninguna o alguna de esas cosas, no por eso dejará de desearlas para tener la intima sensación de que su vida no ha transcurrido en balde y ha dejado alguna huella antes de irse, aunque algunos se tienen que conformar con subirse en globo para poder contar algo apasionante.

Oliver Sacks es un hombre que ha vivido porque se le nota en la mirada, y además ha sabido encontrar en la vida y en sus escritos esa pizca de ironía provocadora que se necesita para no llorar por las noches.

Alguien que titula uno de sus libros “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, merece todos mis respetos.

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