escrito en el aire

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Les voy a decir una cosa.

No me gusta escribir en clave ni dando rodeos porque lo mío nunca fue marear la perdiz ni escurrir el bulto, que eso es propio de gañanes, rufianes y gente dedicada al descuideo.

Yo disfruto jugando con las palabras, que es una forma de seducir a los demás y también de mantenerlas tiesas con quienes solo juntan letras a escondidas, con la intención de despistar a los incautos.

Sin embargo, hoy me voy a parecer a mi buen amigo Agustín Rodríguez, que como es un hombre con sobrados recursos imaginativos, disfruta hablando en clave , preñando de recovecos, metáforas y acertijos lo que otros dirían simplemente con un sujeto, un verbo y un predicado.

Los buenos amigos le llamamos Pedro Ocón de Oro porque su ingenio nos obliga a buscar permanentemente entre sus palabras, la solución a un enigma verbal. Yo no llegaré a tanto pero les ruego que me disculpen si no identifico en esta ocasión a quién no se merece que le haga una cita.

Ayer recibí una gran noticia y aunque quien me la daba no era una buena paloma mensajera, lo importante fue comprobar que hay días en los que los tontos y los malvados pierden la batalla frente a la gente que es sencillamente normal.

Lo más reconfortante de todo es constatar que la inteligencia y la buena fe de las personas es un instrumento mucho más eficaz que la mala baba de los infelices, por eso sigo pensando que cuando uno cree que tiene razón jamás debe tirar la toalla, porque eso significaría aceptar la derrota frente a quienes no merecen que le regales el triunfo.

Yo creo que cosas como éstas suceden con más frecuencia de las que imaginamos, pero no hay que bajar la guardia, porque los que están empeñados en hacernos la puñeta jamás descansan y consiguen sus pequeños y mezquinos triunfos cuando sus victimas están despistadas.

No puedo negar que a mis naturales limitaciones he añadido algunas otras sobrevenidas, pero al menos me queda algo de olfato para distinguir entre una casualidad y un accidente programado.

A mí me basta con haber escrito estas líneas en el aire sin pretender ni desear que haya acuse de recibo porque en el fondo hoy no buscaba compartir ninguna confidencia, sino simplemente escuchar como suenan estas palabras mientras me las leen y decirme a mí mismo: “oído, cocina”.

Mañana regresaré a los nombres propios, pero hoy prefiero escribir esto como si yo sólo conociera a quién ya no recuerdo.

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