Queca Campillo

Queca

Hay veces que recibes un golpe en el cuerpo de otra persona que te rebota hasta tu alma, y eso es lo que me ha sucedido a mí con Queca, mi amiga y admirada Queca Campillo, la mujer que poseía los ojos más bonitos de la profesión, la sonrisa más espontánea, el desparpajo más natural y la belleza madura de quien nunca ocultó el paso de los años en su piel.

Últimamente se me van amigos con los que tengo proyectos pendientes que realizar, y ahora lamento no haber viajado a Cáceres, respondiendo a su invitación, para jugar una partida de golf con ella, que si manejaba el swing con el mismo arte que disparaba su cámara de fotos, me habría dado una monumental paliza, que yo habría aceptado con deportividad porque ser derrotado por Queca en todos los terrenos siempre fue uno de mis sueños, desde que la conocí hace más de treinta años.

Ella era respetada desde el Rey al político o personaje público más notorio, porque todos le reconocían su profesionalidad, su visión singular de la imagen que captaba con su máquina de fotos y su sentido periodístico en todo lo que hacía.
Fue Premio Nacional de Periodismo en 1980, trabajó en el diario Pueblo, en la revista Tiempo, y sus fotos se cotizaron en diversas publicaciones de ámbito internacional. Recopiló en un libro algunas de sus mejores fotos bajo el título ’20 años que cambiaron España”
Sus méritos profesionales no la convirtieron en una persona presuntuosa ni la mantuvieron rehén de su propia historia. Al jubilarse vendió su casa de Madrid y se fue a vivir a Cáceres a disfrutar sencillamente de su familia y sus amigos.

“Hoy cualquiera hace una foto con un móvil”, me decía para significar que su trabajo, en el que destacó como una de las mejores, ya no era lo que fue cuando ella, y pocas mujeres más, hacían horas de guardia para hacer las mejores fotos, y lo conseguían.

Queca, amaba el deporte, corrió varias maratones y siempre llegó con un buen registro a la meta, pero esta vez la vida nos ha dado a todos los que la queríamos un buen palo en su cuerpo, y se ha quedado en el camino.
Descanse en paz y en nuestros corazones, al menos en el mío.

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