La sonrisa de Txiqui Benegas

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José María Benegas, al que yo nunca llamé Txiqui porque de pequeño me educaron a no tomarme confianzas sin que antes nadie me las otorgará, ha muerto cansado, desilusionado, razonablemente satisfecho por haber mantenido durante tantos años su coherencia socialista y con la memoria intacta del debe y el haber que estaba escrito en el libro de su vida.

Yo he querido elegir una foto suya con esa sonrisa feliz que solo desaparecía de su rostro cuando los asesinos de ETA mataban a otros vascos y españoles, fuesen socialistas o no, porque es como quiero recordarlo.

.A mí me resultaba entrañable , a pesar de que nunca fuimos amigos porque mi relación con él fue la del periodista que pregunta y el político que, cuando podía, te contestaba.

Una noche, allá por el año 1981, mientras yo me escribía mi primer libro sobre el PSOE (” El Triángulo: el PSOE durante la transición” ) me contó que la dirección de la Banda Terrorista, en una reunión, sometió a votación si atentaban contra él o no, porque querían matar a un dirigente socialista, y el resultado de aquel macabro sondeo fue favorable a perdonarle la vida . Los asesinos consideraron, en aquel momento que  ese crimen habría sido contraproducente para los intereses de ETA.

Benegas  conoció esa noticia de labios de una amiga que se movía en el entorno de la banda. Pasados unos días me pidió que no incluyese en mi libro esa historia para no poner en riesgo a su confidente, pero hoy pasados los años me siento liberado de aquel compromiso y, en su honor y memoria, lo cuento.

Podría relatar muchas mas cosas de Txiqui, porque por entonces algunos periodistas compartíamos ratos, confidencias, risas e incluso novias con algunas de sus Señorías, que gracias a Dios, no se parecían en nada a las de ahora.

Tal vez otro día cuente algo más pero hoy una cierta tristeza y nostalgia me aconseja que me pare aquí.

Lo que sí quiero decir es que no todos somos iguales, y yo menos, porque cuando alguien fallece se multiplican los escribidores del luto.

Unos son hagiógrafos oficiales que relatan con pulcritud una cuidada selección de datos de la biografía oficial del difunto; otros necrólogos vocacionales se esmeran en hacer literatura funeraria con toques que subrayan la excelencia en vida del finado, que por supuesto jamás cometió un error y fue un esposo y padre ejemplar;  tampoco hay que olvidar a los jóvenes periodistas en prácticas que, gracias a la existencia de Google copian con pulcritud datos biográficos del fallecido, y finalmente está la gente de la generación del muerto que no necesita acudir a ninguna fuente porque lo conoció , lo trató en la distancia corta , y aun  no le falla la memoria.

 

 

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