Máquinas estúpidas

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Hace ya unos años, cuando yo fumaba y me machacaba mi voz y mis pulmones, al comprar tabaco en una máquina expendedora, la única estupidez de modernidad que tenía que soportar era que una grabación, con voz femenina, me dijera “su tabaco, gracias”, pero si prefería verle la cara o lo que fuera a la estanquera, entraba en su garito, le pedía el Marlboro, se lo pagaba y si necesitaba algo más se lo decía mirándola a los ojos o al canalillo.

En cambio hoy las máquinas habladoras se han generalizado de forma peligrosa hasta el extremo de que, si tiene uno la desgracia de que le sobreviene una urgencia, puede morir en el intento de hacerse entender porque no hay manera de que un ser humano, aunque sea tonto, te coja el teléfono y te atienda.

Es evidente que las empresas, y sobre todo las Administraciones Públicas, se ahorran un pastizal al sustituir a las personas por máquinas o por un software , en la imprescindible comunicación con los usuarios de los servicios, pero es más evidente aun que, los numerosísimos fallos de esos sistemas, convierten en un reto, a veces insuperable, el empeño de un ciudadano en solicitar un servicio de la Administración.

La comunicación face to face con los funcionarios de algunos servicios es inimaginable, pero conseguir que un ser humano se ponga al teléfono y te atienda es una misión imposible.

Desde hace semanas estoy intentando renovar una documentación que me caduca y – como el chiste – ni yo con mis manos, ni mi mujer con los alicates ni mi suegra con la boca – conseguimos que en ningún departamento del Ministerio de Interior me atienda alguien para darme cita, porque las máquinas se interrumpen cuando estamos en lo mejor, y el sistema informático se declara colapsado cuando está a punto de hacerme feliz.

La dictadura de las máquinas habladoras coincide con la ineficiencia e inestabilidad de los sistemas informáticos y la desidia de los supuestos servidores públicos.

Es cierto que eso también sucede con la atención al cliente de servicios privados, pero en esos casos, con cambiarte de banco, resuelves la desidia de quien no te atiende, pero con la Administración Pública, no hay otra que la de darse por jodido.

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