El ciudadano Rodríguez

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El otro día intenté despachar el asunto del fichaje por Podemos del ex Jefe del Estado Mayor de la Defensa, General Julio Rodríguez, con una frase, dentro de un artículo en el que hablaba del postureo de los candidatos que apuestan más por el marketing que por el contenido de sus propuestas.

Entonces dije que la decisión del General y las primeras declaraciones que hizo eran “incoherentes”.

Pasadas unas horas me veo en la necesidad de ser más concreto, porque no se trata de un asunto menor.

Existen precedentes de generales en activo metidos a políticos, empezando por el Teniente General Gutiérrez Mellado y otros que ocuparon cargos gubernamentales.
El asunto no escandalizó entonces y, no debería escandalizar ahora, a no ser porque existe una diferencia sustancial.

Los anteriores militares respetaban la Constitución y las leyes, la Unidad de España y tenían una clara idea de quién era y que pretendía la banda terrorista ETA.
En cambio, el que será número dos de Podemos por Zaragoza está dispuesto a aceptar las propuestas de acción política de la formación de Pablo Iglesias, algunas de las cuales colisionan, si se aplicasen desde un eventual gobierno, con algunos principios de nuestra Constitución.

Reconozco que yo soy un hombre al que se le acabó hace mucho tiempo la capacidad de sorprenderse de nada, y por lo tanto no tengo mitos, ni me creo que las personas que forman parte de instituciones, como la Iglesia y el Ejército, supuestamente basadas en principios y valores compartidos, estén formadas por personas ejemplares y coherentes.

Yo me imagino lo que habrá sufrido, el ahora “ciudadano Rodríguez”  durante tantos años, aceptando que el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas fuese el Rey, cada vez que saludaba marcialmente e inclinaba la cabeza ante la bandera constitucional española, cuando él tiene un alma republicana, e incluso cuando el gobierno se negaba a dialogar con ETA, o últimamente no ha cedido a las pretensiones separatistas de Artur Más.

El ciudadano Rodríguez – al que le sentaba mejor el uniforme del Ejército del Aire que la camisa arrugada que ahora lleva – ha tomado su opción.

Era libre para hacerlo y, a partir de ahora puede esperar conseguir un escaño en el Congreso, pero es difícil que aspire a que le entiendan y le respeten sus antiguos compañeros.

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