Las bragas no se pierden

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Sé que en días tan trascendentes como el de hoy, la gente que me sigue espera de mí algún comentario sesudo sobre el drama catalán, pero se olvidan de que existen otros dramas personales que, a veces, pueden tener consecuencias no deseadas por sus protagonistas, y me refiero al momento en el que una mujer pierde sus bragas.

Por lo visto, algo así, no es tan infrecuente, según ha declarado la actriz y modelo española Elsa Pataky en una entrevista que le ha hecho Pablo Motos en El Hormiguero, aunque me malicio que, en la mayoría de los casos, las bragas, aunque sean tangas diminutos, no se pierden sino que, con las prisas, se olvidan o se regalan, al amante fetichista.

Como verán, entre lo importante y lo interesante hoy me decanto en mi columna por la segunda de estas dos opciones posibles, porque en algún caso perder las bragas o el tanga, para “una mujer de su casa” es un problema si hay alguien que lo nota y comete el error de pedirle una explicación a la susodicha.

Yo no recuerdo que ningún hombre haya tenido problemas por llegar sin los calzoncillos a su casa.

Cuando esto ocurre y su mujer se lo pregunta tiene  una fácil respuesta si le dice  que estaba bebiendo con sus amigos unas cervezas en un bar, se pasaron de copas y alguien propuso que se pusiesen los calzoncillos en la cabeza, para celebrar un gol del Real Madrid, y con la confusión del momento, ya no recuperó su prenda.
Esta es una respuesta creíble.

Pero volviendo a lo mollar de este argumento, las bragas – léase tangas- no se pierden: se regalan, y si alguna dama niega esta tesis, me permito recomendarle que mientras reza el rosario o se va a tomar tortitas con nata con sus habituales amigas, piense en la de mujeres que en esos momentos están en algún lugar sin la ropa interior, hablando con alguien caprichoso que le pide un regalo muy personal.

Espero que nadie me tache de excesivamente imaginativo, porque he oído que esas cosas pasan, pero también es cierto que hay mucha gente despistada que, si no sabe dónde tiene la cabeza, como para que recuerde dónde tiene otras cosas.

Aunque en principio no cuela la explicación de Elsa Pataky , para ser justo, he de reconocer que un despiste lo tiene cualquiera.

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