El Chapo y Cervantes

Kate-del-Castillo

 

Joaquín Archivaldo Guzman Loera tiene un nombre literario, e incluso de alta alcurnia, aunque nació en una baja cama.

Es bonito hasta el nombre de su pueblo, porque le dieron a luz en Badiraguato, y lo único que no encaja en esta conjunción de hermosos sonidos es el ruido de las miles de balas que a lo largo de su vida gastó en asesinar a varias decenas de cientos de sus compatriotas.

Hay gente que nace pobre y prospera dignamente y otros eligen coger un atajo que les lleve más rápidamente a conseguir hacerse un hueco entre los ricos que tienen las manos manchadas de sangre y la conciencia abotargada de justificaciones.

El Chapo Guzmán es uno de estos personajes que empezó traficando con droga y asesinando a miles de personas inocentes, y otras no tanto, y cuando ya estaba metido en esa diabólica dinámica descubrió que era rico, famoso e incluso admirado por Kate del Castillo, una mujer que había protagonizado una historia de narcos, basada en la novela de Pérez Reverte “La Reina del Sur”.

Por primera vez en su vida, aunque tiene nueve hijos de tres mujeres, se volvió loco de deseo por una actriz de largas piernas, gruesos labios y mirada felina e ignoró que una mujer así tiene más peligro que un montón de policías persiguiéndote.

Todo esto ha hecho que la leyenda se haga más grande porque los malos, muy malos, producen fascinación, y los malos de medio pelo inspiran desprecio, y el Chapo Guzmán, , a pesar de que es bajito, rechoncho y poco leído, es de esos personajes capaces de enamorar a un pibón del diez y de seducir a un actor de Hollywood.

En la cárcel de máxima seguridad en el que está recluido, vigilado a todas horas y con la cabeza rapada al cero para que se sienta menos seductor de lo que últimamente creyó ser, el jefe de sus carceleros ha tenido la idea de regalarle El Quijote para que lo lea.

No hay noticia de que haya abierto las páginas de la mejor novela de todos los tiempos… pero lo hará, aunque sea por un mínimo de solidaridad y simpatía con Don Miguel de Cervantes, que también estuvo encarcelado.

La literatura salva a quienes la escriben y a los que la leen y Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, dispone ahora de todo el tiempo del mundo para salvarse de sí mismo.

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