Ni minuto basura ni ducha escocesa

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Hay gente que a lo largo de su vida tiene aficione, que a veces se transforman en vicios y, cuando ya no pueden disfrutarlos, los cambian por manías porque no hay cosa que satisfaga más a alguien que ya no es el que era, que echarle la culpa de sus males a otro que ya le caía mal de antiguo.

Estos días, en los que se consumen las últimas bocanadas de sensación de fracaso colectivo después de las elecciones , nadie está preparando una disculpa sino que todos se pertrechan con un reproche, y actúan así porque se consideran intocables, como si fuesen los hombres de Eliot Ness. Se niegan a reconocer que algo han hecho mal y quieren que creamos que los hombres de Al Capone son los de la banda de enfrente.

Para entenderlos hay que bucear en cuáles son sus vicios, sus manías y sus aficiones, que todos tienen de este muestrario en abundancia, y al final descubriremos que el que más y el que menos se maneja con la maldad del escorpión, que solo piensa en clavarle su aguijón a quien se le acerque demasiado.

Ya no queda ni minuto yugoslavo ni ducha escocesa para llegar a ningún acuerdo de formación de gobierno, y los actores de este fracaso van a darnos la barrila durante un nuevo tiempo electoral porque tienen el vicio de interpretar la realidad “de aquella manera” en la que siempre la razón la tiene el que habla  y el victimario es a quien se refieren en sus reproches.

Lo que produce tristeza es que sus manías y desafectos personales han sido la causa verdadera – junto con la inabarcable ambición de poder- que han imposibilitado formar un gobierno, con lo que no es aventurado decir que lo que realmente les quita el sueño es su afición al coche oficial, las mamandurrias varias que garantiza el poder y llegar a escribir en su curriculum que un día mandaron en España.

Mientras tanto los electores, a los que ellos se han aficionado a llamar “el pueblo”, como si fuesen un colectivo uniforme y con criterio único en vez de ciudadanos individuales que no se dejan manipular, empiezan a estar hartos de que les echen las culpas de sus fracasos.

Cuando suceden estas cosas el resultado no es gratis para nadie: perdemos todos y la gente toma nota. Unos volverán a la abstención, otros cambiarán el sentido de su voto, otros se reafirmarán en él, pero todos desconfiarán de estos políticos que han dado la talla de su mediocridad.

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