El poder, los escritores y las peluqueras

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Hoy comienzo esta columna saludando a mi peluquera, que es una señora de muy buen ver, además  de excelente profesional en su oficio estético, que consigne que  yo esté muy satisfecho del trabajo que ejecuta cada vez que se hace cargo de mi cabeza.
Espero no ofender a nadie si afirmo que el oficio de escritor es más infrecuente y por lo tanto singular que el de mi asesora estética, y  además proporciona más satisfacciones, prolongadas en el tiempo, para la educación de la mente y el espíritu.
Esta afirmación sé que resulta controvertida para el personal  con poca afición a la lectura y singularmente a los ágrafos, que son aquellos que jamás publicaron nada en su vida aunque profesionalmente hayan estado vinculados durante años a la Olivetti primero y al PC después – no al PCE, que eso habría sido, en algunos casos, un despropósito inaceptable –
Pues bien, ayer andaba yo en buen yantar con muy principal compañía cuando se me ocurrió preguntarle al invitado que acudió a la cita con singulares asesores en la materia, por la extraña razón que lleva a los políticos a tratar con escaso afecto y sobrada desconfianza a los escribidores de historias de ficción o poesía.
Me refería al trato fiscal desincentivador con el que la Hacienda distingue a los autores jubilados a los que les llega a quitar la pensión e incluso les multa si en un año cobran más de nueve mil euros, en concepto de derechos de autor.
Sabe Dios que mi extrañeza no tenía justificación porque es tradición hispana, desde el siglo de oro, que los literatos aparenten haber comido bien, dejándose alguna miga de pan sobre su jubón, aunque no se hayan llevado un bocado, por sus escasos ingresos, pero osé a reivindicar una explicación que satisficiera mi angustia intelectual, y la persona principal que con nosotros almorzaba mostró su sorpresa porque parecía desconocer ese dato… y yo le creo.
Sin embargo una de sus asistentes al final del ágape me dijo:
“Hay que tratar igual a los escritores que a las peluqueras”,
y ante este definitivo argumento renuncié a debatir con quien me ofrecía tan sólidas razones y decidí hacerme a mí mismo algunas preguntas para obtener más elaboradas respuestas.
¿ Será , por fortuna. que los literatos aportan poco y molestan mucho a los gobiernos?
¿ Tal vez acontece que a los príncipes les basta con la adulación de los bufones de su Corte? ¿ Acaso tienen cuitas pendientes con los escribidores y poetas, y les quieren hacer pagar sus excesos verbales?
¿ No será que leyeron poco en sus años mozos y le tienen poca afición a las letras?
Y finalmente decidí viajar en el ministerio del tiempo a nuestros días y añadí una nueva pregunta:
¿ Por fortuna no se deba todo este despropósito a una confusión, y estos gobernantes piensan que los que se atreven a inventarse historias y personajes literarios son los de “la ceja”, aunque no tengan ni Oscar en Hollywo0d ni cuentas en Panamá?
Nunca me ha gustado llamar “mundo de la cultura” a lo que es un espacio lamentablemente reducido, porque la gente que se dedica a la creación artística o literaria en España, no es muy numerosa y sí bastante vocacional.
En ese medio solo los que triunfan tienen asegurado comer caliente todos los días, y los demás, por mantener la compostura, deben simular que les va bien.
Los escritores, salvo los muy necios que también los hay, con los años ganan en conocimiento, experiencia y oficio, por lo que no es muy inteligente que el poder les dificulte que continúen con su labor creativa en un trabajo inmaterial que sirve para que los que les leen, a ratos sean más felices viajando por mundos de ficción que les alejan de la incierta realidad de cada día

 Con esto no afirmo que “El marido de la peluquera”, en la película protagonizada por la inigualable Anna Galiena no fuese mucho más feliz que cualquier solitario escritor, aunque él vivía un mundo de ensueño con una mujer singular, gracias a que un cuenta cuentos se imaginó esa bella historia .

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