El silencio de algunos viejos del lugar

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Últimamente me ha dado por visitar museos vivientes, que son los lugares en los que perdura la historia sin voz de nuestros antepasados, pero esta operación cultural la estoy realizando de aquella manera porque busco reencontrarme con gente que guarda en su cabeza la historia de este país.

Siempre fue mejor escuchar los relatos en voz de los propios protagonistas que los vivieron a leer una versión de segunda mano, que generalmente tiene más elementos interpretativos, y por eso algunos personajes de nuestra historia política reciente se han convertido en elementos de culto a los que hay que escuchar y proteger antes de que empiece a fallarles la memoria o les derrote el desánimo.

Los viejos del lugar se han ido convirtiendo en  objeto de culto, como los libros antiguos que aún huelen a historia,  experiencia  y sabiduría,  y tal vez por esa razón son despreciados por los nuevos  personajes, con escaso pasado e incierto futuro, que no han leído nada de nuestra historia de hace pocas décadas, y carecen de criterio para interpretar la contemporánea.

Cuando hablo de viejos lo hago en plan metafórico, porque tienen apenas setenta años, la cabeza les funciona muy bien, su memoria no ha sido víctima del alzheimer, la pasión por su patria la tienen intacta, y el sentido común que tanto escasea en estos tiempos de cólera es una de sus armas argumentales.

Más de una vez me he preguntado si el día que maduren los desarrapados e indigentes intelectuales  que hoy gobiernan ayuntamientos o autonomías en coalición con sus víctimas políticas, serán capaces de mejorar como personas, y no lo tengo claro, porque conozco a viejos de esa casta que maltratan a sus mujeres y apedrean a los perros.

En cambio los otros viejos que con los años no han perdido la vergüenza y siguen cultivando su inteligencia, son la verdadera fuente de sabiduría  en los partidos políticos.

Hace ya unos años, en la época en la que yo iba con asiduidad a las tertulias de televisión, un periodista que era de Podemos sin saberlo, porque aún no existía esta formación política, me dijo que los que vivimos aquella época estábamos inhabilitados parta comprender  lo que necesitaba España. Su mensaje era “Los viejos no servís para lo que ahora viene, ni podéis entenderlo”.

Hoy claman en el desierto algunos políticos  de izquierdas y guardan un sepulcral silencio otros de sus colegas ideológicos, aunque ambos están seriamente preocupados por la deriva suicida que de forma acelerada han ido emprendiendo sus jóvenes conmilitones. Uno de esos viejos del lugar  a los que yo visito y escucho con atención, me decía hace unas horas:

“Cuando un  concejal de Barcelona le tira piedras a la policía, o  un dirigente que aspira a presidir este país  jalea a un terrorista, es el momento de preguntarse qué hace mi partido pactando gobiernos con ellos.

 

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