Los calores del verano

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El calor, que se convierte en “la calor” cuando viaja hacia el sur, vuelve loca a la gente y la transforma en una especie sudada, malhumorada, intolerante y peligrosa, sobre todo a la caída del sol, cuando el aire se declara en huelga de brazos caídos.

No sé por qué el dios de los judíos se complicó tanto la vida, cuando decidió utilizar a Moisés para castigar al Faraón y a su pueblo, mandándole diez complicadas plagas, con lo sencillo que habría resultado subirles la temperatura a unos cuarenta y tantos grados, que es lo que a veces soportamos los que vivimos en este país.

Aquí, además del calor y la calor tenemos el caloret, que era lo que sentía Rita Barberá cuando fue alcaldesa de Valencia y entre sus años, su masa específica y sus preocupaciones por lo que le podía caer encima, no podía dormir por las noches.

Aunque hay circunstancias que no he investigado creo que los pecadores irredentos se concentran preferentemente en algunos lugares de España con más grados al sol, porque unas temperaturas como las que soportamos castigan el cuerpo y derriten la mente de tal forma que nos puede suceder todo lo que podamos imaginar, porque con estos grados de exceso, los tontos son más tontos y los malos más malos, aunque oficialmente estén de vacaciones.

Durante el verano – en el calor de la noche que investigó Sidney Poitier – se cometen no pocas tropelías porque mientras unos desnudan sus cuerpos están vigilándolos los mirones que tienen el alma desnuda, y se agarran a la coartada de los sudores insoportables para hacer daño en la oscuridad.

En verdad estos calores nos hacen más desprendidos- sobre todo de ropa – nos dibujan la piel con tonos más agradables a la vista de nuestros potenciales admiradores, y nos invitan a imaginarnos que no existe un mañana, pero nunca hubo algo más incierto que la ilusión de que podamos prolongar el verano y sus circunstancias de forma indefinida.

Yo, para ver si se me aclaran las ideas, he decidido hacerme un arriesgado corte de pelo, y en cuando termine de escribir esta columna le haré una visita a mi asesora estética, para que me haga un arreglo o un destrozo, pero en cualquier caso que me deje la cabeza despejada, porque pienso que a pesar de los años a los hombres que no somos alopécicos, lo único que sabemos que siempre nos crecerá es la cabellera.

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