El burkini no es el burka

 

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La gente que me sigue sabe de mí algo menos que Hacienda pero mucho más que algunos de mis más cercanos que, como no me leen tampoco se enteran de mis secretos a voces, pero todos conocen que, aunque nací y viví durante dieciséis años en Marruecos, nunca fuí un moro.

Utilizo este tópico como metáfora y sin intención de ofender a nadie, porque mis paisanos del norte de África conocen que cuando se habla de alguien extremadamente celoso, posesivo y convencido de que la mujer necesita pedirle permiso para todo lo que desee hacer, hasta la Real Academia de la Lengua acepta esta acepción para definir tales conductas.

El debate europeo sobre la utilización del Burka poco a poco se ha ido clarificando y , en unos momentos en los que una persona que oculte totalmente su cuerpo podría ser alguien que llevase debajo de esas ropas un cinturón explosivo u otras armas, se ha resuelto en favor de la seguridad.

En cambio el uso del llamado burkini es algo que yo entiendo como una opción personal que no perjudica a nadie salvo a la mujer que lo lleva, porque además de incómodo y caluroso le impide disfrutar de las ventajas del agua directa sobre su cuerpo, que es algo muy sano.

Recuerdo cómo las mujeres de Marruecos se bañaban en la playa totalmente vestidas con sus típicos atuendos del Rif, y por eso entiendo que el burkini es una modernidad comparado con esa costumbre que por entonces casi no nos extrañaba a los chavales de aquella época, porque no existía margen de discusión sobre la autoridad del marido a la hora de decidir cómo, cuándo y dónde una mujer podía hacer qué.

Los años, la muticulturalidad y la conciencia adquirida por una parte de la población femenina árabe sobre el derecho a ser mujeres y no sólo madres y esposas, ha ayudado a que algunas costumbres atávicas vayan cambiando, aunque eso sucede fundamentalmente en sectores de un nivel socioeconómico y cultural determinado.

Cuento esto a propósito del debate que se ha provocado sobre si la mujeres que viven en Europa – ya sean de Cuenca, de Masachusets o El Cairo- pueden bañarse en las playas o piscinas públicas en bolas, en top less, con bikini, con bañador o tapadas hasta las cejas para que ningún mortal pueda ver ni el color de sus ojos y mucho menos la turgencia o flacidez de sus carnes.

Sé que me meto en un jardín al haber elegido este asunto para mi reflexión de esta mañana, pero me apetece hacerlo para subrayar la inutilidad de la imposición de normas sobre la conducta privada de las personas , porque desde muy joven aprendí que la mujer , salvo los casos que siempre contabilizan la excepción de la norma, es más lista y tiene más ansias de libertad que el hombre, porque conoce el valor de hacer lo que desea después de haber soportado muchas prohibiciones , durante demasiados años.

Sin embargo, nosotros los europeos que somos muy aficionados a exportar nuestras costumbres y nuestra idea de democracia con frecuencia olvidamos que hay gente que elige enseñar menos centímetros de su cuerpo en publico por razones culturales o religiosas, en uso de su propia libertad, porque ser libre a veces es algo parecido a poder estar desnudo o vestido.

Cuando se eleva a categoria la anécdota o se interpreta la intencionalidad de las conductas individuales puede uno meter la pata hasta el corvejón.

El burkini no es el burka, ni significa lo mismo , y tirar de tópico o de prejuicio es un mal camino que nos alejmaleo rigor. Por eso creo que el debate sobre qué prenda puede o debe ponerse una mujer cuando se baña en la playa, oculta la verdadera razón de quienes lo discuten..

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