La ignorancia de los petulantes

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Pertenezco a una generación de españoles que durante el bachillerato estudio francés, y siempre he celebrado que los planes de estudio de entonces me permitieran leer algunos clásicos en su idioma original, aunque en ocasiones tuviese que tirar del diccionario.

Ya de mayor me esmeré en aprender inglés porque era un instrumento de comunicacion y de trabajo imprescindible en mi oficio de periodista viajero, y aunque no puedo leer ni a Shakespeare ni a George Orwell soy capaz de hacerme entender en su idioma si mi interlocutor pone algo de buena voluntad.

No obstante siempre evité, en el desempeño de mi trabajo, dar gato por liebre y salvo que tuviese la certeza de que no me equivocaba ni en el significado ni en la pronunciación correcta, jamás utilicé en mis crónicas palabras en ninguno de esos dos idiomas.

Decía mi admirado José Luis Alvite que una de las cosas que jamás se debe permitir un hombre es hacer el rificulo, y ése es el defecto en el que incurren de forma reiterada algunos jóvenes colegas que se empeñan en utilizar, como única expresión que creen conocer en el idioma de Molière, la frase “déjà vu” para decir que existe la percepción de que el pasado regresa al presente, para repetirse.

Lo malo no es la cursilería sino el error de quienes jamás estudiaron francés ni saben cómo se pronuncian  las vocales en ese idioma y a pesar de ello insisten en  hacer que  suene”deyá bu” , con bu de burro, en vez de “déjà vu” con una i final cerrada.

Esa frase, como expresión más sublime del tópico al que se agarran los ignorantes, la llevan repitiendo desde hace mucho tiempo algunos periodistas y  han vuelto a hacerlo en las últimas horas para referirse a la sesión de investidura de Mariano Rajoy, suceso del que hoy no pienso hablar porque todos tenemos derecho a elevar la mente y no ir en vuelo rasante como hacen nuestros inmerecidos representantes parlamentarios.

Lo que no alcanzó a entender es que ninguno de sus redactores jefes – si es que aún existe esa figura – les advierta del error que cometen porque el desprestigio que acompaña a quien hace una incorrecta utilización del idioma salpica a los cómplices que, por compartir la ignorancia, no lo corrigen para evitar que se persista en el error.

En esta reflexión no critico a los hombres y mujeres que cualquier edad que utilizan barbarismos en su lenguaje coloquial, porque cada uno puede expresarse como le plazca, incluso los periodistas en su vida social.

Solo señalo que en el ejercicio de su profesión a un periodista o un escritor se les puede exigir que no destrocen el idioma, cualquiera que sea el que estén utilizando.

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