Tipos raros

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Soy un tipo raro. Lo reconozco sin necesidad de que me lo recuerden los demás, aunque  ellos no se privan ni desperdician cuantas ocasiones les ofrezco para repetirme, a modo de reproche, “¡Hay que ver cómo eres!”

Echando cuentas, que diría el ciego vendedor de los cupones de la ONCE que un día inmortalizó Ignacio Puche,  desde siempre fui así, aunque con el tiempo he conseguido mejorar o empeorar la manía de hacer y decir lo que pienso y quiero , sin sentir la necesidad de pedir permiso o disculpas a quienes esperan algo distinto de mí.

Mi tendencia a socializarme y a empatizar con los demás es una característica virtuosa que  nadie me discute, pero reconozco que también esa cualidad me fue otorgada con claras limitaciones porque, como no soy follonero,  haciendo un pequeño esfuerzo soy capaz de guardar silencio cuando escucho alguna necedad o impertinencia,  sin que ello signifique  que asienta ante el autor, generalmente mediocre, de esa salida inoportuna.  

Con borrarle de mi circuito de elementos curiosos, deja de existir para mí, sin necesidad de anestesiar ningún sentimiento.

Eso hace que me lleve bien con la gente singular, ocurrente, creativa y sobre todo libre;  gente capaz de pensar por sí misma y asumir las consecuencias de ese atrevimiento; hombres y mujeres que hace tiempo dejaron de pedir permiso, o nunca lo hicieron, para vivir y dejar vivir; tipos que jamás se afiliaron a ninguna organización que les exigiera que hipotecaran su criterio y obedecieran sus normas;  y no sé cuántos más especímenes raros que renuncian a ser aceptados en la sociedad de lo políticamente correcto, porque no quieren pagar el tiket de entrada que les exigen para ser admitidos y beneficiarse de las ventajas de la mediocridad organizada.

Somos raros quienes tenemos conciencia de que la vida es corta y las oportunidades limitadas. Los que sabemos que la apelación a la generosidad  a veces es un chantaje emocional para que regresemos a la disciplina gregaria. Los que estamos persuadidos de que no son buenos ni imitables los ejemplos que nos dan los líderes políticos, sindicales, sociales, culturales o religiosos que se erigen en gurús de un  pensamiento único.

Por todo eso no quiero dejar de ser raro, aunque como consecuencia de ello me hagan el honor de señalarme la puerta de salida de algún lugar.

 

 

 

 

 

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