Pensandores solitarios en el Metro

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Las ciudades sin Metro carecen de una válvula de escape imprescindible para quienes buscan conocer el  verdadero rostro de las gentes del lugar en el que residen.

Solo cuando alguien se hunde en las entrañas de la tierra puede imaginar las vidas de quienes, a pesar de su aparente anonimato, exhiben las huellas de su verdadero ser hecho de ilusiones y frustraciones, ansias y relajos, encuentros y desamores, tristezas y desesperos.

Cada día cuando viajó en el Metro, solo con observar a quienes circulan bajo tierra,  me encuentro con gente que me regala una historia llena de matices, porque el mestizaje de los viajeros silenciosos multiplica hasta el infinito los caminos de la imaginación creativa.

De hecho  caminar por sus pasillos subterráneos hasta llegar al andén en el que  alguien algún día se suicidó o pensó hacerlo, nos permite que nos encontremos con el mundo real.

Los  que viajan por la superficie de la ciudad, tragándose atascos y maldiciendo a la alcaldesa, pierden la oferta generosa que  de forma permanente nos regalan  los pensadores solitarios del subsuelo.

En los salones del Metro – esos espacios en los que se asientan los músicos urbanos que ofrecen sus canciones a los transeúntes presurosos o apresurados  –  cada día descubro a un nuevo artista  que no pide nada pero recoge el reconocimiento agradecido de quienes siempre llevamos una moneda en el bolsillo que, a modo de aplauso, recala en la funda de su artefacto musical.

Hoy un violinista de pelo rojizo, manos blancas y pecosas, homenajeaba al canadiense Cohen interpretando su Hallelujah, y he preferido perder el tren que llegaba a la estación y quedarme escuchándole como su  único público.  El “rubio colorao” me ha agradecido con su mirada mi presencia atenta y el óbolo que la ha acompañado.

De hecho lo que ahora escribo me lo ha sugerido su música.

En mi caminar posterior, ya dentro del vagón,  he visto a un viejo con la mirada perdida, los zapatos maltrechos, la camisa arrugada y, en su mano, una bolsa casi vacía.  Cerca de él un inmigrante  no dejaba de mover sus piernas con nerviosismo descontrolado , una chica  escribía en su teléfono mensajes urgentes, a tenor de la rapidez con la que movía sus dedos, un joven leía una novela,  una señora entrada en años y en carnes, no dejaba de hablar con alguien al que no le daba un respiro, otra cincuentona de muy buen ver, cuidado vestir y aroma seductor, viajaba probablemente hacia una cita clandestina, y un funcionario alto, calvo y cabreado maldecía a su jefe, que según parece era un sádico y un inútil, delante de otros dos compañeros  que no se atrevían a contradecirle.

Esa es la vida que circula bajo tierra en Madrid y en todas las ciudades en las que hay un Metro que concentra lo mejor y lo más regular de las grandes urbes.

Hoy ya tengo historias y sensaciones robadas con las que alimentaré mi trabajo en los próximos días, gracias a que hace ya tiempo dejé mi coche aparcado,  porque me presta mucho más ir  de un lado a otro junto con los que comparten conmigo esa manía de viajar bajo tierra, observando rostros, escuchando manías y disfrutando de las singularidades de quienes nos rodean.

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