Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto

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Rita Barberá jamás habría podido ser protagonista ni tampoco actriz de reparto de la película de Agustín Yanes “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”, porque estaba predestinada a llenar páginas de periódicos y minutos de radio y televisión cuando le llegara ese momento.

En este caso ha sucedido lo más previsible en un país como en el que vivimos: los suyos que la habían echado del partido y se apartaban cuando se cruzaban con ella  como si fuese una apestada, ahora se han apresurado  a darse golpes de pecho y a lamentar el maltrato que recibió en vida.

Los de Podemos – no así las mareas ni los de Esquerra, que han sabido guardar las formas y el respeto ante la muerte de una persona – han demostrado, como dijo ayer Arcadi Espada, que actúan como los primates, mientras que el resto de los políticos de la oposición han sido los únicos que han acreditado, en este momento,  que aprendieron buena educación desde pequeños.

Hecha esta referencia sobre una noticia que aún hoy sigue siéndolo, de lo que quiero hablar es de la muerte, que es algo que  a mucha gente le da “yuyu” pero que estimo que a todos nos importa, y alguna vez pensamos qué dirán de nosotros cuando ya no estemos aquí.

Tal vez por eso hay gente que aún se hace mausoleos o graba su nombre en un mármol para que “ años después algún caminante ignoto que pasé por allí, lea su nombre y sepa que existió”.

Pero no os engañéis porque siempre habrá alguien que no lo lamentará.

España es posiblemente el país en el que se abren más botellas de champán para festejar la muerte de la persona odiada.

Se empezó con Franco y desde entonces se han consumido varias cosechas de espumoso entre quienes se alegran o no lamentan que algún personaje la palme.

Va en nuestros genes – o en nuestros “gérmenes”  o como diría una famosa y poco leída cantante española –  odiar con desmesura y no olvidar jamás una ofensa o una cuita pendiente.

Tal vez ha sucedido siempre así , y por eso no nos causa sorpresa que, en este país llamado España,  a algunas personas se las persiga hasta el catre y a otras hasta la tumba, porque en el fondo  la necrofilia y la necrofobia se dan la mano dentro de nuestra extraña mente ibérica.

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