La piel de los libros

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Leer un libro electrónico es algo parecido a tener sexo virtual y les garantizo que no es lo mismo tocar la piel de una amante que imaginársela.
Así que déjense de mariconadas telemáticas, agarren un libro entre sus manos, acarícienlo, huelan sus páginas, pásenlas una a una mientras lo leen, subrayen si les apetece algunas de las frases que les hayan hecho sentir algo especial y cuando terminen de leerlo, colóquenlo como si fuese un objeto de culto, que lo es, en una estantería de su casa.
Las bibliotecas son templos paganos que los dictadores, personajes incultos y poco leídos, se empeñan en vaciar de libros para apilarlos en la calle y quemarlos. Por eso es tradición que la gente de bien tenga en su casa un espacio sagrado en el que guardan los ejemplares clásicos o más recientes que leyeron con placer, y que releen cuando les asalta la nostalgia.
Pero la moda ahora es ir de pirata por la vida sin parche en el ojo para disimular, y los que no se atreverían a afanarse cualquier otro artículo que se encuentre en una tienda, no sienten el mínimo pudor en leer gratis sin pasar por la biblioteca municipal, cualquier novedad literaria, a través de un dispositivo electrónico.
Por eso cuando alguien me dice que se ha pasado al ebook y me pregunta que si mis libros se pueden encontrar en la versión digital – cosa que evidentemente no hay que preguntarlo porque hoy en día todas las editoriales hacen esa segunda versión – lo primero que se me pasa por la cabeza es que no quiere gastarse ni siquiera los dos euros que le cobrarían, si lo hace.
Conozco a alguien que a su vez tiene una amiga experta en conseguirle gratis cualquier novedad literaria del mercado, y estoy convencido que aun no le ha pirateado un ensayo sobre la ética de los lectores y el respeto a los escribidores.
Jamás he hecho ni haré una cruzada a favor o en contra de nada ni de nadie. No soy del club de “los abajo firmantes” y mi sentimiento gregario es nulo. Me gusta dirimir mis peleas a solas y sin más compañía que mi propia cerrazón.
La culpa de lo que sucede la tenemos los que escribimos por el simple placer de contar historias, porque estamos entre dos aguas contaminadas.
En una orilla permanecen algunos editores que equivocaron su vocación o nunca la tuvieron.
Apuestan por libros de consumo rápido, firmados por afamados ignorantes. No quieren arriesgar en la literatura de ficción salvo que el autor ya haya triunfado con anterioridad en ese género, y creen que el autor de los libros además de escribirlos debe promocionarlos y venderlos sin que ellos muevan un dedo.

En la otra orilla están los piratas del Manzanares porque jamás navegaron por el Caribe.

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