Odiadores

cabreado

 

Llevo algún tiempo con el síndrome de la página en blanco, aunque por suerte esto solo me sucede en mi faceta de escribidor de columnas de opinión, porque en lo que hace referencia a mi manía por contar historias imaginadas para convertirlas en relatos novelados, estoy en racha.
Pongo pies en polvorosa cuando me enfrento a la rutina insufrible de una historia cansina por repetitiva y zafia, porque creo que no hay como tomar distancia con la España oficial para descubrir que existen otros mundos más interesantes, dentro de nuestro propio país.
Cada día echo un vistazo a los periódicos digitales y solo encuentro declaraciones políticas carentes de credibilidad, noticias que hablan de una sociedad en la que el crimen se ha desclasado y asuntos varios sobre personajes inútiles que viven de vender sus triste existencia sin que nadie los expulse a latigazos del templo.
Ese es el alimento que echan a las fieras del circo los que quieren tener entretenidos, en el papel de fiscales aficionados, a quiemes se conforman con criticar, en un desahogo inútil, a todos los demás.
La fórmula es maquiavélica e inteligente, y solo hay que echar un vistazo a las redes sociales para comprobar cómo entran en ese juego miles de personas que creen que vale de algo su exabrupto dirigido, como una carta en una botella tirada al mar, a alguien que nunca la va a recibir.
No existe nada que tenga mejor acogida que el insulto, la demasía o la descalificación no argumentada, y si alguien busca el aplauso de la grada que asiste al espectáculo, sólo tiene que erigirse en la conciencia del pueblo para conseguirlo. De eso saben mucho los nuevos salvadores especializados en viejos métodos.
La derecha y la izquierda necesitan a su red de odiadores. Sin ellos su discurso caería en saco roto.
Algunos gobiernos deberían premiar a Mark Zuckerberg, creador de Facebook, que ha conseguido canalizar las ansias de amistad y de justicia de millones de personas, a las que ha seducido con un engaño invisible.
En Facebook casi todo lo que parece real es ficticio pero consigue el efecto placebo de curar la enfermedad de los solitarios con ansias de liberar al mundo del mal.
Mientras tanto esa cañería para el desahogo inútil funciona porque apacigua los excesos, socializa las fobias y canaliza los odios, pero existe otro mundo en el que caminan errantes los poetas que disfrutan ganando el tiempo con sus lamentos de amor o sus ilusiones frustradas, contadas verso a verso.
Creo que solo se salvarán los que se resisten a formar parte del cabreo organizado por los que son responsables de nuestras tristezas.
Ellos viven en un mundo tramposo, pero nos necesitan para que formemos parte de su red de odiadores que combaten contra los del otro bando, mientras ellos se reparten el botín.

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2 comentarios en “Odiadores

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