Mar adentro

Amenabar

Cada día mueren violentamente miles de personas en demasiados lugares de este mundo, escenarios en los que la violencia amanece muy pronto y solo descansa cuando el sol abandona el campo de batalla.

No sé si ésa es una muerte digna o sólo  un final injusto, pero en cualquier caso es un trance para el que ni la víctima ni sus deudos han tenido tiempo de prepararse, por eso  la gente se conmueve por el final inmerecido de personas a las que no conoce, porque es imposible que el alma de los vivos no llore cuando una bomba o unos disparos de  un AK 47 irrumpen en una plaza y la llena de cadáveres inocentes.

Muchas veces las personas dejan este mundo  en soledad y con la violencia de un dolor a veces difícil de soportar, y un instante así es demasiado importante como para que esté regulado a  base de prohibiciones

La muerte se ha banalizado y mucha gente piensa que los nuevos asesinos son el cáncer, el corazón o la carretera; o las drogas, las borracheras y los malos tratos, e incluso el miedo, la soledad y la tristeza, pero nos olvidamos que también la vida vivida llega  a un momento en el que le abre la puerta  a la parca, que visita a sus elegidos sin guardarles, a veces, ningún respeto ni regalarles un último favor.

La vejez es un referente inapelable, por eso  el romancero popular que juega con el vocabulario  ha acuñado la expresión “estar pidiendo pista” cuando a alguien le quedan  escasos metros para aterrizar en la otra vida.

Sobre el tema de la muerte digna podría contar una historia muy personal pero prefiero mantenerla guardada en ese espacio de mi corazón y mi memoria, que a veces no abro a nadie.

Hoy escribo sobre este inapelable asunto porque en el parlamento se ha aprobado con el apoyo de todos los grupos,  una proposición de ley de Ciudadanos  para hacer una cierta regulación del derecho a una muerte digna y sin dolor.

Creo que es un primer paso para que se avance en ese consenso inicial porque la muerte es un momento que solo pertenece al que se va,  y en pleno siglo XXI no tiene sentido que se impongan límites y condiciones a un instante en el que,  como se dice en el mus,  “los mirones son de piedra y dan tabaco”.

La historia de Ramon Sampedro que acudió a la justicia para que le permitieran morir asistido de otra persona porque al ser tetraplégico no podía hacer por sí mismo realidad ese deseo, conmovió al mundo tras la película “Mar adentro” de Alejandro Amenabar , que reflejaba una realidad muy íntima que nadie mejor que él entendía.

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