Los profetas del Apocalipsis cabalgan a lomos de un ornitorrinco.

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Me gusta la gente guapa y cada vez descubro a más personas que me enamoran por esa sonrisa que besa, esa voz que acaricia, esa mirada que atrapa y ese pensamiento que, cuando lo verbalizan, convence.

También me enamoran los ojos infinitos, los labios prometedores, la piel imantada, los andares cadenciosos, la desvergüenza controlada y la seguridad en el reto.

Pero como el límite no existe, salvo en la mente de los perdedores, me priva la belleza madura, la historia tatuada en la piel, la ausencia de las prisas, y la derogación de cualquier ley de obligado cumplimiento.

Para mí la gente guapa es la que tiene el buen gusto de no amargarte la vida con sus fobias o manías porque sabe reservar un espacio vital no contaminado para  un momento de convivencia en el que no se habla ni de religión, ni de fútbol ni de política, que es un sabio consejo que alguien dio, años ha, con el fin de evitar convertir una oportunidad de disfrute en una ocasión para el enmierde.

Sé que a algunas personas les resulta muy difícil  y a otras imposible atender a esa norma, porque necesitan alimentarse de la discusión eterna encadenada con el despropósito verbal, y por eso no son guapas.

Existe algún estudio científico que acredita que la mala leche envejece prematuramente la piel, achica los ojos, agría el estómago y provoca almorranas.

Estudiosos de la condición humana, que al mismo tiempo son expertos en geología, sostienen que coincidiendo con períodos climatológicos cambiantes que alteran la fauna y la flora de la tierra se puede generar en los habitantes del planeta una suerte de estupidez epidémica, imposible de combatir. Unos hablan del calentamiento global del planeta y otros de las mentes.

Sorprende que científicos de tan alto nivel hayan tirado la toalla y renunciado a pelear por encontrar una fórmula tan necesaria para la humanidad.

Parece ser que, aunque se ha generalizado la causa de esta hecatombe, algunas zonas del planeta tierra son menos proclives a sucumbir a sus efectos que se distribuyen de forma selectiva entre la población.

Ya se han detectado algunos cambios genéticos  y por supuesto psicológicos.

Algunas personas afectadas en su primera fase por este mal,  han perdido la sonrisa, exhiben el  gesto adusto y  la mirada torva, desconocen el concepto de la ironía, tiene exacerbada la sensibilidad, huyen del sol y cabalgan a lomos de ornitorrincos.

 

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