La extraña extrañeza

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Hace casi dos meses que ocupo mi tiempo en otros menesteres distintos a mi trabajo de escribidor porque necesitaba darle descanso a mi mente que pedía tiempo para poder relajarse.

Tras concluir una nueva novela y mientras la leen dos o tres amigos a los que se la ha pasado para conocer las sensaciones que les provoca su lectura, he decidido cerrar la persiana de los compromisos para darle un descanso a la pasión que provoca el simple hecho de vivir en un país como España.

Reconozco que lo que sucede en Venezuela me ha podido y he escrito varios artículos estos días porque la decencia exige no estar ausente cuando los indecentes roban la vida y la libertad de los hombres, pero salvo esos u otros momentos que no he querido evitar, he conseguido soñar que vivía en otro mundo.

Conozco de antiguo el valor terapéutico de la insustancialidad que no es otra cosa que la actitud mental voluntaria que conduce a ignorar todo lo que pueda perturbar la paz de la mente. Por eso los italianos llaman el ” dolce  far niente” a lo que gente mas ruda y menos leída confunde con tumbarse a la bartola o dejarse caer sobre el escaño. (¡Manca finezza!)

Yo creo haber conseguido parcialmente mi propósito aunque he de reconocer que hay que luchar contra los elementos porque en mi retiro rural me encuentro con paisanos que saben a lo que me dedico y me asaltan a preguntas preñadas de extrañezas, porque creen que ha surgido de pronto en toda España gente demasiado rara que antes no tenían identificadas.

¿ De donde han salido? ¿ Dónde estaban?

Y yo les digo que siempre estuvieron, porque somos ciudadanos de un país guerracivilista, que ya practicaba el duelo a garrotazos que inmortalizó Goya y que lo mismo pasea a hombros a los santos que quema las iglesias con los curas dentro, homenajea en los pueblos a sus terroristas o reivindica a sus dictadores.

Esa es nuestra historia y en estos tiempos estamos reeditando en fase de ensayo lo peor de nuestro pasado.

Después de esas inevitables charlas con gente a los que les debo el tiempo que me piden porque ellos me dan los minutos que me leen, regreso a mi refugio mental y recupero mi vocación anacoreta urbano.

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