La dignidad herida

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Viajo mucho en metro y me fijo en los hombres y mujeres que se apalancan en un pasillo concurrido  para hacer arte con un violín, un saxo  o una guitarra. 

En esos casos nunca me apremia la urgencia y si  llevo algunas monedas sueltas en el bolsillo las dejo sobre la caja abierta de su instrumento musical y me quedo escuchándoles, que es algo que también agradecen, porque mantienen su dignidad agarrados a un pasado en el que  no necesitaban pedir para comer ya que su público y su escenario eran otros.

Cuando ya estoy en el vagón a veces me topo con algún hombre que pide ayuda  – nunca he visto por ahora a una mujer-  y lo hace en voz alta repitiendo  una retahíla de desgracias que le han acaecido en su vida,  en la esperanza de que los viajeros le ayuden con alguna moneda. Por lo general tienen menos éxito en sus pretensiones, porque algunos son habituales y no todos capaces de inspirar el sentimiento que exhiben.

El peor momento y  el más emocional,  es el que me golpea cuando  ya en la calle , se me acerca una señora cubierta de dignidad y, como si prefiriese que no la escuchase nadie más,  me dice : “por favor, deme algo para comer”.

Ver esos ojos sinceros y sufridos,  surte el efecto de un puñetazo en la conciencia.

Esto sucede en Madrid, no en Caracas ni en Maracaibo donde según acaba de proclamar Iñigo Errejón ,” la gente come tres veces al día” ,  y no está bien que él mienta,  pero está peor que nosotros seamos insensibles a la realidad que estoy relatando.

En nuestras ciudades hay gente que pasa hambre  y no todos saben tocar un instrumento musical para dar algo a cambio de las escasas monedas que van a recibir de quien sienta un pellizco en su alma.

Les prometo que no quiero hacer demagogia pero es difícil que esto que cuento lo entiendan los que nunca se encontrarán con esta gente que viaja bajo tierra, ni escucharan esas músicas, ni entenderán esos lamentos y mucho menos cruzarán su mirada con esos ojos porque ellos tienen garantizadas sus prebendas, y del dinero de nuestros impuestos les sobra para comprar la voluntad de otros colegas, a los que les da lo mismo lo que pase en nuestro país.

Las cifras  que manejan son tan frías como el alma de quienes convierten el hambre de los demás en  números estadísticos,  porque hablan como si no supieran que en España  el año pasado había seiscientas mil personas en situación de inseguridad alimentaria grave,  y la tendencia es alcista.

El perfil de los nuevos pobres, y por lo tanto de personas que se mal alimentan, es el de hombres,  mujeres  y niños que hasta hace unos años eran clase media, titulados universitarios que no encuentran trabajo o parados de larga duración.

Lo más  insultante es que  los ricos epulones  de la política nunca se cansan de pedirles su voto,

 

 

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