Pobre San Jordi

 

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Hoy es el día del libro y no estaría mal que cada uno de los candidatos a la presidencia del gobierno se leyesen alguno que les ofreciese la sabiduría y templanza que no encontraran jamás en el manual de ataque y derribo que  suelen tener como munición cuando dicen que quieren explicarnos  qué es lo que van a hacer con nuestros impuestos, porque ése es el momento en el que empiezan a mentirnos.

Me da la sensación de que algunos candidatos leen poca literatura, tal vez algún ensayo pero, por lo general  solo posan sus ojos, y no sé si su inteligencia, sobre los papeles que les escriben otros con frases hechas, tópicos manidos, descalificaciones de autodefensa y datos falsificados, porque  lo que les impulsa a algunos a seguir en política es sobrevivir en un oficio para el que no se requiere la excelencia sino las mañas del oportunismo.

Hoy casi todas las crónicas hablan sobre quién ganó ayer y quién estuvo peor en el debate de anoche, como si eso importase a la hora de depositar el domingo el voto a favor del más brillante u ocurrente. Por eso yo prefiero mirar esa obra de teatro en dos actos desde otra perspectiva, porque de la misma forma que James Bond tenía licencia para matar, los políticos la tienen para mentir con descaro y creen que sacando un gráfico con barras de colores han citado la biblia cuando en el fondo su referencia intelectual y moral es el Kamasutra.

Estos días estamos asistiendo a las testificales en el juicio que se celebra en el Tribunal Supremo y allí quienes comparecen estar obligados a decir verdad porque en caso contrario se les puede imputar por falso testimonio y acabar  pagando cara sus mentiras. Pues bien algo así debería suceder con las promesas electorales  y algún tipo de sanción deberían padecer quienes mienten púbica y solemnemente para robarnos el voto o hacer de él un material fungible que se convierte al final en otra materia, generalmente pastosa y maloliente.

Sé que lo que propongo es un desiderátum inútil porque los legisladores no dejan cabos sueltos cuando hacen las leyes, no vaya a resultar que estén dejando una trampa por el camino que, en un descuido, pueda atraparles  entre sus redes.

No está mal el espectáculo de los debates que además son necesarios para que los ciudadanos que los ven sin orejeras puedan sacar sus conclusiones,  pero para mí el test  definitivo que hay que hacer es quién es más creíble, quién miente menos y quién  no tiene hipotecas que le atenacen.

Estos días veo cómo ciertos periodistas piden con entusiasmo, angustia y en cualquier caso descaro el voto para alguna formación política como si en ello le fuese la vida, y yo no lo haré porque no me gusta el oficio de mamporrero que con tanta fruición practican algunos de mis colegas.

Todos somos mayores de edad, aunque es cierto que no todos somos iguales en información, inteligencia o sentido común, así que  lo mejor es que en un día como hoy agarren un libro entre sus manos y piensen qué es lo mejor para ustedes y sus hijos o nietos en un momento en el que lo peor de cada casa en Cataluña y el País vasco se ha juntado para hacer de España un pan como unas hostias.

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