El machismo en la mujer

 

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La nueva consejera de RTVE , Rosa Maria Artal, a la que le sobran méritos profesionales y literarios, se ha estrenado con una frase impropia de una dama, dirigida a otra mujer a la que ha llamado puta porque fue elegida para sustituirla como presentadora del programa al que ella le ponía voz y rostro hace unos años.

En su reproche le ha negado  a su joven sustituta méritos profesionales y atribuye su ascenso al poderío de las feromonas que expandía con sus andares frente a su jefe.

Como lo que se estila hoy en día, con pruebas y a veces sin ellas,es llamar machista a cualquier varón que no se la coja con papel de fumar antes de dirigirse a una compañera, amiga, conocida, amante o medio pensionista, está bastante extendida la creencia de que los malos modos y la violencia verbal o física son exclusivas de los zopencos que se afeitan la barba, cuando está acreditado que algunas mujeres tienen tan mala baba o más que ellos y son capaces de odiar sin límite a una congénere más joven, más rubia, más lista y más atractiva.

Para que resulte rentable ser feminista hay que estar asociada y afiliada, porque solo de esa forma se consigue el amparo de grupos políticos o sindicales presididos por el falocentrismo de algunos de sus líderes, de discurso marcadamente machista.

Cada vez que una mujer utiliza el feminismo como coartada se siente  amparada en sus excesos verbales como los tontos contemporáneos que llevan un lazo amarillo hasta cuando tiran de la cadena para aliviar su diarrea mental.

Como ven, una vez más, no puedo evitar lanzarles un rejonazo a esos personajes de opereta o de psiquiátrico, pero regreso al hilo argumental que me ha traído hasta aquí.

Existe el machismo en la mujer de la misma forma que no se puede negar la alopecia en los varones, con la diferencia de que ellos se afeitan la cabeza o se ponen un peluquín mientras que algunas de ellas niegan la evidencia , incluso cuando las victimas son otras mujeres que no merecen su apoyo.

Puestos a debatir sobre la utilización del lenguaje, yo soy partidario de no excluir ninguna palabra del diccionario, porque siempre existe un momento oportuno para utilizarla, pero si hay que llamar con un apelativo de dudoso gusto a un hombre o a una mujer que sea para definirlo, y no para insultarlo.

El lenguaje nunca es inocente porque forma parte esencial de las ideas que parimos y los sentimientos que expresamos.

Por eso soy partidario de no censurarlo jamás y de asumir honestamente las consecuencias de las palabras que usamos, las diga El Tempranillo, La Chelito, Agamenón, su porquero o Rosa María Artal.

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